La extraña vida de Inocencio Paz

La extraña vida de Inocencio Paz

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Este cuento a pesar de ser uno de los mas viejos de mi repertorio fue sometido a muchas revisiones antes de ser publicado por primera vez, por eso espero que al menos no les disguste.

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La última vez que vi a Inocencio Paz, le estaba dando de bastonazos a un señor que se le acercó a preguntarle algo en el estacionamiento de un supermercado, una actitud muy extraña porque Inocencio siempre fue alguien muy servicial y afable, un buen hombre como pocos, creo que desde su alumbramiento, cuando su madre de forma acertada le dio ese nombre que lo acompañaría y definiría por el resto de su vida, o al menos eso pensaba yo.  

Recordé entonces que el bastón que usaba Inocencio como arma, se lo habían dado luego de que recibió una paliza de parte del hijo de una doñita a quien estaba ayudando a cruzar la calle en la capital. El sujeto pensó que Inocencio la intentaba asaltar o forzar a hacer algo fuera de su voluntad y en una subida de adrenalina, su reacción fue tan violenta que llevó a Inocencio a la unidad de cuidados intensivos; incluso tuvieron que intervenir hasta tres hombres para detener aquel brutal ataque contra el buen samaritano, cuyo único pecado era estar en el lugar y en el momento equivocados cuando una viejecita artrítica le pidió ayuda para cruzar la calle.   

Ahora que lo pienso, antes del malentendido de la doñita, Inocencio acababa de salir de la cárcel, según me contó, por un incidente ocurrido con una de sus vecinas, en la habitación alquilada donde vivía mientras trabajaba en la construcción en la capital. Todo se dio muy rápido cuando esta vecina, que tenía como profesión la más antigua del mundo y a quien Inocencio le cuidaba los muchachos en sus tiempos libres le pidió un favor.  

Esa noche ya estaba durmiendo cuando la meretriz llamó a su puerta, medio desnuda y nerviosa, pidiéndole que por favor le guardara en su habitación un paquete de medianas proporciones. Las explicaciones que le dio fueron muy confusas, seguidas por una sonrisa pícara y un sonado y colorido beso en su mejilla, por lo que no pudo más que acceder. Al otro día, irrumpieron en su habitación varios hombres que luego se identificaron como policías y de inmediato se dispusieron a registrarla, cosa innecesaria, porque lo que buscaban estaba sobre la modesta mesa que Inocencio utilizaba de comedor, repisa, mesita de noche y cualquier otra cosa para lo que la necesitara. Acto seguido le dieron unos buenos golpes, hasta que lo dejaron casi inconsciente y lo trasladaron a la sede de la policía donde le levantaron cargos por tenencia y tráfico de estupefacientes. 

el grito

Hablar de su permanencia en la cárcel no es muy agradable, una vez lo fui a visitar y noté que no había perdido ese brillo benéfico que había en sus ojos, a pesar de las cosas terribles que me conto. Me dijo con tono hasta de broma que ya se había adaptado a la convivencia allí, aunque el principio fue muy duro porque los reclusos sólo conocían del trato a golpes con aquellos que no tenían dinero para darles y desde luego que mi amigo era uno de esos. Me dijo que habían intentado sodomizarlo y que le golpearon tanto, sin recibir quejas de su parte, que se cansaron de hacerlo y le convirtieron en su mandadero, lo que en adelante le hizo la vida más llevadera tras las rejas. Seguro estoy que por su naturaleza tímida y tranquila fueron muchas otras las cosas que no quiso contarme para no preocuparme en exceso. No quiso aceptar la poca ayuda económica que le ofrecí y me hizo prometerle que no volvería visitarlo a ese lugar.  

Previo al inconveniente con la policía, vivía Inocencio una vida más bien tranquila en nuestro pueblo natal, pero debió abandonarlo contra su voluntad luego de que sin quererlo se metió en problemas en la única cantina que allí había. Todo ocurrió luego de una muy larga jornada de trabajo en el campo, donde cortaba caña de sol a sol y decidió, contra sus costumbres, pasar por aquel sucio tugurio  a tomarse una cerveza bien fría antes de irse a descansar. Estaba sentado en la barra, de espaldas a la puerta luego de haberse tomado dos sorbos de la espumosa, que en verdad no estaba muy fría, cuando escuchó una gran discusión y al voltear pudo notar que cuatro hombres la emprendían a golpes contra un vecino. En un acto reflejo intervino para evitar que lo molieran a golpes.  

Fue allí, donde Inocencio conoció a su primer y único enemigo, porque resultó que el vecino al que defendió se estaba acostando con la esposa del dueño de la hacienda donde Inocencio trabajaba y éste había mandado a darle una lección para que no se meta con las mujeres ajenas, lección que Inocencio interrumpió y que le valió que lo sacaran corriendo a tiros de la hacienda la mañana siguiente con la promesa de que si lo volvían a ver en el pueblo lo matarían. Debido a esto, Inocencio sin pensarlo siquiera, decidió irse para evitar meter en problema a su madre y sus dos hermanas mayores. Tomó el primer autobús con destino a la capital con la esperanza de alejarse de los problemas. 

Definitivamente nunca olvidare aquel día en que conocí a Inocencio, cuando era un niño y lo encontré al lado del rio, todo revolcado y roto luego de que algunos compañeros de clase le dieran una tunda sin razón alguna. Quizá su actitud pasiva y bonachona no le había gustado mucho a los bribones del pueblo y se lo hicieron saber de la peor manera. Estaba el niño desconsolado llorando, tuve que insistir mucho para que me contara su problema y me asombró cuando me dijo que más que el dolor por los golpes recibidos, le dolía que le hubiesen roto la única camisa y el único pantalón que tenía porque su mama se había sacrificado mucho para comprárselos. 

Tampoco podré olvidar que le dije que a pesar de lo vivido aquella mañana, los seres humanos somos buenos por naturaleza y que por eso siempre vale la pena intentar hacer el bien, le comenté que con el paso del tiempo tendría mejores experiencias con los seres humanos y que eso le haría ver que yo estaba en lo correcto. Le comenté que cuando estoy muy cansado o algo decepcionado por alguna razón, trato de tomarme una cerveza bien fría para poner mis ideas en orden y agarrar fuerzas para seguir luchando y creyendo en la gente. 

Para terminar aquella inolvidable conversación le dije que lo intentara, que no se rindiera, que confiara en las personas y les ayudara porque siempre hay una mayor recompensa en dar que en recibir.  

  - Más vale dar que recibir -le dije sin dudar- espero que algún día lo entiendas.  

Por todo esto no debe extrañarme la reacción de Inocencio en el estacionamiento del supermercado, estaba enajenado y sobre salivaba como sintiéndose degustar aquella acción, cuando descubrí que se trataba de él me le acerqué a fin de detenerlo y evitar que se metiera otra vez en problemas, pero cuando me vio sus ojos se iluminaron y el brillo de éstos ya no era el de aquel muchacho bonachón a quien conocí años atrás y a quien trate de ayudar. Era un brillo diferente, lleno de odio, ira y venganza. Empuñó su bastón con mucha más fuerza, pero no para golpear a aquel señor sino para emprenderla contra mí. Su primer golpe fue directo a romper mis costillas y luego mi cabeza se convirtió en el objeto de su ira y puntería. Cuando caí al suelo se me acerco y me dijo como un loco.  

  - Tenias razón, siempre tuviste razón, más vale dar que recibir, solo hasta ahora lo entiendo... más vale dar que recibir... jajajajajajaja... más vale dar... más vale dar...   

APA:.



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