La factoría de rostros

La factoría de rostros

Arturo Pérez Arteaga
Por: Arturo Pérez Arteaga

Para escapar de la cotidianidad asociada al relato de hechos de la vida real algo disfrazados, les traigo nuevamente un cuento con un tema inverosímil, que trata de jugar con la imaginación e insiste en asociar lo imposible a lo cotidiano, rayando en lo absurdo de las situaciones.

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Un hombre sin rostro recorría despistado las calles de una gran ciudad, su marcha era lenta y su actitud cansina, le molestaba su condición, aunque allí nadie parecía darle importancia, él se sentía un fenómeno de circo y no quería seguir viviendo así.  

Sus extraviados pasos le llevaron a diversos lugares que aprovechó de conocer, a pesar de que carecía de la capacidad de manifestar asombro, alegría, miedo, tristeza y todas esas cosas que permiten las expresiones faciales.  

En su larga caminata tropezó con una tienda de semblantes, su corazón de repente dio un brinco, su respiración se aceleró, porque allí por fin podría terminar con su precaria situación. 

Entró sin pensarlo dos veces, se encontró varios modelos en la exhibición: el primero tenía los ojos rasgados, tanto que apenas se le veían, pensó que no luciría acorde a su contextura y forma física, el segundo tenía unos globos oculares enormes, también lo desechó porque especuló que era poco práctico un tamaño tan grande del órgano visual, el tercero tenía un bigote muy poblado pero adolecía de cejas y se dijo: “¿quién podría querer un aspecto con tanto cabello en un lugar y olvidarse de otro primordial?”. 

Se decepcionó bastante al no encontrar ni uno que al menos le agradara, más turbado que antes salió de allí y se alejó maldiciendo su suerte. 

Apenas había andado tres cuadras cuando se detuvo y pensó: "Definitivamente, es mejor tener una cara cualquiera, así no sea la que considero perfecta, que no tener ninguna”. Ante aquella epifanía, giró sobre sus talones caminando a toda prisa, como la gente de esa gran ciudad lo hace, deshizo la distancia que lo separaba del negocio y al llegar a él lo encontró cerrado. 

Se paró frente al aparador donde estaban los modelos que hace muy poco había rechazado por imperfectos, pensando que daría lo que no tiene por lucir cualquiera, por ridícula que se viera su expresión. 

En ese momento un señor a su lado, que también contemplaba la vitrina, se decía en voz alta “qué bueno es poder contar con esta tienda donde te pueden crear un perfil que te agrade. Ojalá tuviésemos una parecida en esta ciudad… pero de almas y conciencias”.



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